Sinecio de Cirene (370-413), formado en la última escuela platónica de Alejandría, llegó a ser obispo de Ptolemaida. Nace en Cirene, estudió en la escuela de Orígenes en Alejandría. Su maestra fue Hipathías, que lo introduce al pensamiento neoplatónico, y a quien guardaba un gran respeto y admiración, llamándola maestra, madre y filósofa. Su formación platónica y neoplatónica se enraizó tanto en su espíritu que siendo obispo se negó a renunciar al pensamiento filosófico. Admitía, por tanto, la preexistencia del alma en el sentido platónico y creía en la eternidad de la creación y aceptaba un concepto alegórico de la Resurrección de la carne. Es conocido por su actitud defensora del pasado. Lo llamaban “el platónico con mitra”. Entre sus principales obras encontramos discurso sobra la realeza (400), la cual habla acerca de los abusos en las cortes imperiales de Constantinopla, discurso que expone frente al emperador Arcadio. Tiene un discurso sobre la providencia. Además de la alabanza de la calvicie, que escribe como reacción contra un adversario que había escrito antes “la alabanza al pelo”. Su concepto de Dios expresa la idea de Dios como “unidad de unidades”, “mónada de mónadas”, “la diferencia de los contrastes”.

http://ensayos.filos.unam.mx/2012/08/pseudo-dionisio-aeropagita-habitar-la-incertidumbre/

Dionisio Areopagita. Durante la Edad Media, los escritos que hasta entonces se atribuyeron a Dionisio Areopagita, el ateniense convertido por San Pablo en el Areópago (Hchs. 17 16-34), gozaron de muy alta estimación no solamente entre los místicos y autores de obras de teología mística, sino también entre teólogos y filósofos profesionales, como San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino. La reverencia y respeto otorgados a aquellos escritos se debió en gran parte a la equivocada idea sobre su autor, un error originado en el uso por dicho autor de un seudónimo, “Dionisio el Presbítero”, escritos amparados a San Dionisio.

Hasta el presente han resultado vanos todos los intentos de identificarlo con algún personaje histórico. Debió ser un monje sirio o un obispo, por el alto concepto que manifiesta de la dignidad episcopal. La organización monástica que describe corresponde al siglo V. Su ortodoxia es correcta. Su fondo filosófico es el neoplatonismo ateniense, corregido en sentido cristiano. Con su nombre ha llegado hasta nosotros un Corpus Dionysianum, cuyas obras fueron la fuente más importante de la Edad Media, redactadas hacia el año 500, precisamente en Siria.

Las obras que constituyen el Corpus dionysianum son cinco, a saber: 1. “Jerarquía celeste”; 2. “Jerarquía eclesiástica”; 3. “Nombres divinos”; 4. “Teología mística”; y, 5.“Cartas” (once, de diversos temas). El corpus representa el esfuerzo por lograr una explicación sistemática del cristianismo: la mejor manera de evitar las herejías está en exponer adecuada y correctamente la verdad.

El punto de partida de la exposición es esencialmente teológico o exegético: la filosofía nos sirve para expresar nuestra fe, nos da las palabras para hablar de nuestra experiencia religiosa. Hay que partir de la revelación de Dios en la Sagrada Escritura, esforzándose por desentrañar exegéticamente el sentido de los contenidos, empleando los recursos filosóficos, encuadrando la doctrina cristiana dentro de un esquema general procedente de Proclo, y expresado en términos netamente neoplatónicos. Pone la filosofía neoplatónica al servicio de la expresión de su fe cristiana.

Su doctrina sobre Dios se centra en remarcar su absoluta trascendencia. La realidad de Él está por encima de no sólo de los seres sino también del mismo ser, que es la primera de las participaciones de Dios. Por esto, la esencia divina no es accesible a los sentidos y a las especulaciones racionales. No es posible encerrarla en conceptos ni expresarla con palabras, pues unos y otras resultan insuficientes e inadecuados. Dios es inefable; no obstante, se nos ha revelado por medio de las Escrituras. De hecho, Dios es el sin nombre.

Sin embargo, nosotros en cuanto seres limitados podemos partir de dos vías que nos permitan acercarnos a la esencia divina y profundizar más sobre lo que es Dios. Las dos vías son, positiva y negativa. Dionisio se centró en el problema del lenguaje sobre Dios, porque es mediante el lenguaje como podemos expresar la inalcanzable y absolutamente trascendente esencia divina, de tal modo que purifiquemos nuestro conocimiento, para que sobre Dios no empleemos expresiones de antropomorfismo.

Las afirmaciones niegan y las negaciones afirman, simultáneamente. Cuando afirmamos algo de Dios simultáneamente negamos algo de Él. La teología tiene, entonces, otra tarea, analizar el lenguaje que usamos sobre Dios, analizar los nombres divinos. El primer paso es hablar de Dios afirmando algo de Él, esto es lo propio de la gente sencilla. Pero para la gente científica la vía negativa es común porque lleva a un conocimiento más profundo de Dios. Al estar hablando de Él, acumulando negación tras negación podemos, purificando nuestra idea de Dios, hablar de Él y de la experiencia divina más apropiadamente. Por ejemplo, si afirmamos de Dios cuantas perfecciones encontramos en las creaturas, debemos hacerlo negando inmediatamente el modo limitado como lo encontramos realizadas en ellas, porque Dios es trascendente y posee todas las perfecciones de manera superlativa.

Por otro lado, Dionisio insiste en la rigurosa jerarquía en que se escalonan los seres por grados de perfección, que van descendiendo desde Dios hasta llegar a las últimas creaturas.

I. Dios, que es el superser, supraser.

2. El mundo celeste (serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, ángeles, arcángeles, principados).

3. El mundo terrestre. Aquí se prolonga la jerarquía ordenada de los seres.

En su Teología Mística, Dionisio tiene un agudo sentido de la absoluta trascendencia de Dios. Pero no lo concibe, como Aristóteles, perdido en una lejanía inaccesible para el hombre. Por el contrario, hace resaltar la idea cristiana de un Dios que es a la vez principio y fin  y que está presente en todas las cosas. Todos los seres y en especial el hombre proceden de Dios como de su principio creador, y todos deben retornar a Él como a su último fin. Su mística, que incluye una etapa ascética preparatoria, es ante todo intelectualista. Tiende a lograr un conocimiento directo de Dios y unirse con Él por la intuición.

Dionisio toca el problema del mal, a partir del concepto del ser, en que la bondad de Dios se difunde por todas partes, participando a todas las creaturas en distintos grados descendentes. Dionisio contempla el mundo con ojos optimistas, porque todo cuanto existe es bueno, y el ser y la bondad se identifican. Sin embargo, es evidente que existe el mal, pero ¿de dónde proviene? ¿Cómo existe en el mundo? Su respuesta se inspira en el pensamiento de Proclo, respuesta que será clásica en otros tratados posteriores. El mal no es se, sino privación de ser. Todo ser, en cuanto tal, es bueno. E incluso el mal, en cuanto deficiencia del ser, tiene su lugar dentro del orden total del universo y queda como integrado y absorbido en la armonía del conjunto.

El Corpus dionysanum influye en todos los filósofos de la Edad Media, desde el siglo XI al XVII.

Bibliografía: Pseudo Dionisio Areopagita: Obras Completas: Los nombres de Dios. Jerarquía celeste. Jerarquía eclesiástica. Teología mística. Cartas varias, Biblioteca de Autores Cristianos: Madrid, 2002. ISBN 978-84-7914-615-3.

Ver la selección del texto De Ierarchia Caeleste del Pseudo Dionisio

Ver el texto introductorio y nueva traducción de De Theologia mystica de Marcelo de Boeri y José Pablo Martín (Revista Tópicos 23, 2002, 9-27)

Maximus_Confessor
Máximo el Confesor. Máximo vivió desde el 579/80 hasta el 662 y representa la última gran voz original de la patrística griega. Nace en Constantinopla, de familia noble y profundamente cristiana. Posee una sólida formación clásica y sagrada. Fue un escritor muy fecundo que intentó conciliar el neoplatonismo con la teología cristiana.

En su obra De Anima desarrolla su concepción del hombre. Dice que el alma es una substancia incorpórea inteligente, que habita en un cuerpo al cual comunica la vida, y consta de tres partes que realizan diferentes funciones: la dimensión racional, la dimensión irascible y la dimensión concupiscible. El alma sigue existiendo después de la muerte llevando a cabo todas sus funciones.

Dios, al crearnos, nos da las capacidades del entendimiento y de la voluntad. A través de esas capacidades, mediante la voluntad libre y la razón, podemos elegir entre el bien y el mal. Nuestro desarrollo armónico depende del uso adecuado de estas tres facultades; cuanto más adecuado uso hagamos de ellas, más cerca de la divinidad estaremos.

Su aguda penetración teológica se une a una profunda tendencia mística. Su lenguaje y el rigor y precisión de sus definiciones revelan la influencia de Aristóteles.

Juan Damasceno. Con San Juan Damasceno (h. 675-749) concluye la filosofía patrística de lengua griega. Es natural de Damasco, de rica familia cristiana. Su originalidad no es muy grande, pues su fondo doctrinal se reduce a ordenar y exponer clara y metódicamente las enseñanzas de los Padres griegos. Pero tampoco es un simple compilador, sino un sistematizador. Su obra De fide ortodoxa es “un resumen muy personal de las enseñanzas de los Padres griegos sobre los principales dogmas cristianos, denotando un trabajo interno de asimilación y un esfuerzo genial para condensar las verdades reveladas en un lenguaje firme, claro y preciso”. Fue filósofo, teólogo, místico, orador, exégeta y poeta.

Se inspira en las fuentes de Máximo el Confesor, el Areopagita, Gregorio de Nacianzo. Se apoyó en la filosofía de Aristóteles, contrariamente a la mayoría de los Padres griegos, que habían extraído sus instrumentos conceptuales de Platón y del neoplatonismo. Su obra principal desde el punto de vista filosófico se titula Fuente de la ciencia y del conocimiento, es una síntesis clara de todo el pensamiento cristiano de la iglesia griega. Está dividida en tres partes: una filosófica, otra que contiene la historia de las herejías y otra de carácter teológico doctrinal. En Oriente gozó de una autoridad que puede compararse a la que logró Santo Tomás en Occidente.

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