LOS CRISTIANOS EN UN MUNDO QUE NO LOS COMPRENDE

Fuentes:

  1. COMBY, Jean, Para leer la Historia de la Iglesia, tomo I, Verbo Divino, Navarra, 1993.
  2. LLORCA, Bernardino, Historia de la Iglesia católica, Tomo I, BAC, Madrid, 1976.
  3. RUÍZ BUENO, Daniel, Los padres apostólicos y Los padres apologistas griegos del s. II, BAC, Madrid, 2002.

Aumenta el número de cristianos. Se les distingue de los judíos. Estos últimos que gozan en el imperio de un estatuto particular, se esfuerzan en hacer comprender que los cristianos no tienen nada que ver con ellos. A partir del momento en que constituyen una minoría importante, los discípulos de Cristo empiezan a causar problemas. La discreción de que rodean su culto deja sospechar lo peor. Nos encontramos aquí con un fenómeno de psicología de masas. El cristianismo viene de oriente. Los cristianos son algo así como unos inmigrantes cuyas costumbres no acaban de comprenderse. Constituyen una secta; y ya sabemos todo lo que se oculta tras esta palabra. Por eso el mundo romano no ve con buenos ojos a los cristianos. Algunos escritores cristianos, los apologistas, intentan defender a su comunidad ante la opinión pública y las autoridades, pero no pueden impedir que la persecución caiga sobre los cristianos.

 Los cristianos ante la mirada de los romanos:

Han llegado hasta nosotros algunos escritos a anticristianos, transmitidos a veces por los propios cristianos que intentaban refutarlos. Las acusaciones van desde las calumnias más groseras hasta las objeciones de los intelectuales, que no han perdido del todo su actualidad.

 Las calumnias populares:

Tres grandes acusaciones circulan contra los cristianos:

‑Los cristianos son ateos. Como no participan en los cultos tradicionales, ni en el culto imperial, ni siquiera en las religiones orientales, se supone que no tienen ninguna religión. Para la mentalidad antigua esto es una aberración. Se ve amenazado el equilibrio de la ciudad. En efecto, los dioses se sienten ofendidos y se vengan enviando calamidades tales como inundaciones, terremotos, epidemias, incursiones de los bárbaros. Se cree que los cristianos tienen otro culto abominable, el culto al asno, o a un bandido condenado a la cruz.

‑Los cristianos practican el incesto. Si se reúnen en banquetes nocturnos, es para entregarse a orgías, a las peores torpezas entre «hermanos» y «hermanas».

‑Los cristianos son antropófagos. El cuerpo y la sangre que beben son de un niño, víctima de un asesinato ritual.

Murcio Félix, abogado romano, escribió hacia el año 200 un diálogo en el que refiere una discusión entre el cristiano Octavio y un pagano. Este último se hace eco de horribles rumores que circulan sobre los cristianos. Las siguientes líneas nos ofrecen una prueba. Octavio le mostrará con un tono tranquilo persuasivo lo que son realmente los cristianos:

Oigo decir que, impulsados por no sé qué creencia, consagran y adoran la cabeza de un animal más vil, el asno. El relato que se hace de iniciación de los reclutados es tan horrible como notorio. Un niño muy pequeño, recubierto de harina para que el novicio actúe engañado y sin desconfiar, es colocado delante del que va a ser iniciado en los misterios. Engañado por aquella masa envuelta en harina, que le hace creer que sus golpes son inofensivos, el neófito mata al niño… Lamen ávidamente la sangre de aquel niño, se disputan y se reparten sus miembros; por medio de esa víctima afianzan su alianza, y con la complicidad en este crimen se comprometen a un mutuo silencio… Y sus banquetes los conoce todo el mundo y por todas partes se habla de ellos… Se reúnen los días de fiesta para un festín, con todos sus hijos, sus hermanas, sus madres, personas de todo sexo y edad. Allí, después de una comida abundante, cuando ha llegado a su colmo la animación del festín y el ardor de la embriaguez enciende las pasiones incestuosas, excitan a un perro atado a un candelabro para que salte tirándolo un trozo de carne más allá de la longitud de la cuerda que lo tiene amarrado. La luz que podía haberlos traicionado se cae, se apaga… entonces se abrazan al azar y si todos no son incestuosos de hecho, lo son por la intención…[1]

 Largamente extendidas, estas calumnias no son aceptadas por todos, pero durante muchos años los cristianos fueron generalmente despreciados por la masa. El escritor y gobernador Plinio habla de una «superstición irracional y sin medida».; el historiador Suetonio (hacia el 120), de una «superstición nueva y peligrosa»; el historiador Tácito, de una «detestable superstición». El emperador Marco Aurelio, a pesar de su prudencia, considera a los cristianos como personas obstinadas en el error. El autor satírico Luciano no ve en ellos más que gente ingenua que se deja explotar.

Luciano (125?‑192?), escritor griego, natural de Samosata, en Siria, viajó mucho y compuso numerosos escritos cortos, ordinariamente diálogos. Hizo una pintura divertida de la sociedad de la época, ridiculizando los valores establecidos, filosóficos y religiosos. En La Muerte de Peregrinus, cuenta la vida de u charlatán estafador que explota la credulidad de los cristianos. Es ésta para el escritor la ocasión de presentar a los cristianos como ingenuos:

 “Estos desgraciados están convencidos ante todo de que son inmortales y de que van a vivir eternamente. Por tanto, desprecian la muerte que muchos arrostran voluntariamente. Su primer legislador les convenció de que eran todos hermanos. Después de abjurar de los dioses de Grecia, adoran a su sofista crucificado y conforman su vida y sus preceptos. Por eso desprecian todos los bienes y los tienen para su uso común… Si surge entre ellos un hábil impostor, que sepa aprovecharse de la situación, podrá enriquecerse muy pronto dirigiendo a su gusto a esos hombres que no entienden absolutamente nada…”[2]

 Las objeciones de los sabios y políticos

Los que difundían estos chismes sobre los cristianos los conocían mal. Sin embargo, poco a poco, algunos intelectuales se preguntan sobre ellos, leen las Escrituras y emprenden una refutación más rigurosa del cristianismo. Dos autores más conocidos, Celso en el siglo II, y Porfirio en siglo III[3], dirigen sus ataques en tres direcciones:

a) Unos pobres hombres ignorantes y pretenciosos

Los cristianos se reclutan entre las clases sociales inferiores, entre los trabajadores manuales explotados, curtidores, zapateros, bataneros. Se dirigen a las mujeres, los niños y los esclavos aprovechándose de su credulidad. El cristianismo pone en entredicho los valores de la civilización romana, que concede la primacía al sabio bien acomodado que no tiene que mancharse las manos en tareas materiales y serviles. Pretendiendo que las mujeres y los niños pueden saber más que sus maridos y sus padres, los cristianos están minando la autoridad del marido y del padre en la familia.

b) Malos ciudadanos

Los cristianos no participan en los cultos de la ciudad ni en el culto imperial. Tampoco aceptan la «costumbre de los antepasados». Más aún, rechazan las magistraturas y el servicio militar. Por tanto, no tienen interés en los asuntos políticos ni en la salvación del imperio. En efecto, Celso escribe en el momento en que Marco Aurelio está luchando contra los germanos a orillas del Danubio. Si todos los ciudadanos actuasen como los cristianos, pronto se acabaría el imperio.

c) La doctrina cristiana se opone a la razón

Ciertas objeciones de Celso y de Porfirio han atravesado los siglos para llegar a nuestros días.

La encarnación es un absurdo. Dios, perfecto e inmutable, no puede rebajarse a ser un niño pequeño. Por otro lado, ¿por qué tuvo lugar tan tarde la encarnación de Dios? Jesús no fue más que un pobre hombre, incapaz de tener una muerte de sabio como Sócrates. Su doctrina no es más una copia imperfecta de las doctrinas egipcias y griegas más antiguas. La resurrección de los cuerpos es una formidable mentira. A continuación presentamos unos fragmentos de los ataques que propinaba el pagano Celso, a través de una seria investigación del cristianismo realizada hacia el año 170, La palabra de la verdad, escrita en griego, contra la doctrina y el comportamiento de los cristianos:

“…Se trata de una raza nueva de hombres nacidos ayer, sin patria ni tradiciones, aliados contra todas las instituciones religiosas y civiles, perseguidos por la justicia, universalmente tachados de infamia, pero que se glorían de la execración común: ¡son los cristianos!…

“…He aquí algunas de sus máximas: “¡Lejos de aquí cualquier hombre que posea algo de cultura, algo de sabiduría o algo de juicio!; esas son malas recomendaciones para nuestros ojos; pero si hay alguno ignorante, tarado, inculto y simple de espíritu, ¡que venga a nosotros con decisión!”. Al reconocer que tales hombres son dignos de su dios, demuestran que no quieren ni saben conquistar más que a los ingenuos, a las almas viles e imbéciles, a los esclavos, a las pobres mujeres y a los niños…

“…Que un Dios haya bajado a la tierra para justificar a los hombres es algo que no necesita de largos discursos para refutarlo. ¿Con qué designio habría venido Dios acá abajo? ¿Será quizás para aprender lo que ocurre entre los hombres? ¿Es que acaso no lo sabe todo? O bien, si es que sabe todas las cosas, ¿estará su poder divino tan limitado que no puede corregir nada sin enviar expresamente un mandatario suyo en este mundo?…

“…¿Será por nuestra salvación por lo que Dios quiso revelarse a nosotros, a fin de salvar a los que, habiéndolo reconocido, sean considerados como virtuosos, y castigar a los que lo hayan rechazado y manifiestan por ello su malicia? ¡Pero, cómo! ¿Habrá que pensar que después de tantos siglos Dios se preocupó finalmente de justificar a los hombres de los que antes no se había cuidado para nada?… Dios es bueno, hermoso, bienaventurado; es el bien soberano y la belleza perfecta. Si baja a este mundo, tendrá que sufrir necesariamente un cambio: su bondad de degradará en malicia, su belleza en fealdad, su felicidad en miseria, su perfección en una infinidad de defectos…Un cambio semejante no puede convenir a Dios.

“Si los cristianos se niegan a realizar los sacrificios habituales y a rendir homenaje a los que presiden, entonces han de renunciar a dejarse liberar, a casarse, a tener hijos, a cumplir con las funciones de la vida. No les queda más que marcharse lejos de aquí, sin dejar el más pequeño brote para que la tierra se vea purgada de esa ralea. Pero si quieren casarse, tener hijos, comer de los frutos de la tierra, participar de las alegrías de la vida como de los males, es menester que rindan los debidos honores a quienes están encargados de administrar todo…

“Si todos hicieran como vosotros, el emperador quedaría solo y abandonado. Entonces el mundo se vería presa de los bárbaros más groseros y feroces. Ya no quedaría tampoco huella de vuestra hermosa religión, y habría acabado la gloria de la verdadera sabiduría entre los hombres…

“Sostened al emperador con todas vuestras fuerzas, compartid con él la defensa del derecho; luchad por él si lo exigen las circunstancias; ayudadle en el mando de sus tropas. Para ello, dejad de eludir los deberes cívicos y el servicio militar; participad en las funciones públicas, si es preciso, por la salvación de las leyes y la causa de la piedad…”[4]

Porfirio ve en el Antiguo y en el Nuevo Testamento una trama de historias groseras marcadas por el antropomorfismo. El Dios pacífico de los evangelios está en contradicción con el dios guerrero del Antiguo Testamento. Los cuatro relatos de la pasión se contradicen. Los ritos cristianos son inmorales. El bautismo fomenta los vicios, ya que un poco de agua perdona de una vez todos los pecados. Aun comprendida de forma alegórica, la eucaristía sigue siendo un rito antropofágico. Finalmente, nuestros sabios han constatado la división de los cristianos en sectas que se anatemizan unas a otras.

Porfirio, en su tratado Contra los cristianos, vierte las más drásticas acusaciones contra los dogmas de la encarnación y de la resurrección en los siguientes fragmentos:

   “Aun suponiendo que algunos de los griegos haya sido lo bastante obtuso para pensar que los dioses habitan en las estatuas, eso sería una concepción más pura que la de admitir que lo divino haya descendido al seno de la Virgen María, que se haya hecho embrión, que después de su nacimiento haya sido envuelto en pañales, todo sucio de sangre, de bilis y cosas peores…

   “¿Por qué, conducido ante el sumo sacerdote y el gobernador, Cristo no pronunció ninguna palabra digna de un sabio, de un hombre divino?… Se dejó golpear, escupir en el rostro, coronar de espinas… Aunque hubiera tenido que sufrir por orden de Dios, debería haber aceptado el castigo, pero no soportar su pasión sin algún discurso atrevido, sin alguna palabra vigorosa y sabia contra su juez Pilato, en vez de dejarse insultar como el más vil por aquella chusma del populacho.

   “¡Formidable mentira (la de la resurrección: referencia a 1 Tes. 4,14)! Si alguien se pusiera a cantar esto en coplas ante unas bestias sin razón, recibiría como respuesta tan sólo mugidos y rebuznos con un ruido ensordecedor, ante la idea de unos hombres de carne volando por los aires como pájaros o llevados sobre una nube…”[5]

La respuesta de los cristianos a sus detractores

Ante estos ataques, los cristianos quisieron iluminar a la opinión pública y defender su comunidad. En sus escritos, intentan presentar con claridad la doctrina y las costumbres cristianas para disipar los malentendidos. A estos escritos se les llama apologías: este término significa defensa, justificación. Sus autores se llaman apologistas.

Los apologistas

san_justino_martirEstos hombres se dirigen a los que no comparten su fe, al emperador, a los magistrados, a los intelectuales, a la opinión pública. Necesitan encontrar un lenguaje que comprendan sus destinatarios, es decir el lenguaje de la cultura grecolatina. De este modo, el cristianismo sale de su aislamiento cultural. Los apologistas helenizan el cristianismo y cristianizan el helenismo. Elaboran así una primera teología.

A muchos de estos apologistas sólo los conocemos de nombre; algunos de sus extractos nos los ha transmitido Eusebio de Cesarea. Pero también se conservan algunas obras importantes. Justino, que por los años 140-150 dirigía una escuela de filosofía cristiana en Roma, defiende la fe cristiana ante los paganos y los judíos. Uno de los pasajes más célebres del escrito de un autor desconocido dirigido a Diogneto[6] presenta a los cristianos como el alma del mundo. De la misma manera que el alma anima al cuerpo según la antropología griega, los cristianos hacen vivir al mundo y le dan un sentido. El autor responde de este modo a la cuestión capital: ¿qué es lo que distingue a los cristianos del resto de los hombres?:

Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por el país, ni por el lenguaje, ni por la forma de vestir. No viven en ciudades que les sean propias, ni se sirven de ningún dialecto extraordinario; su género de vida no tiene nada de singular… se distribuyen por las ciudades griegas y bárbaras según el lote que le ha correspondido a cada uno; se conforman a las costumbres locales en cuestión de vestidos, de alimentación y de manera de vivir, al mismo tiempo que manifiestan las leyes extraordinarias y realmente paradójicas de su república espiritual.

Cada uno reside en su propia patria, paro como extranjeros en un domicilio. Cumplen con todas sus obligaciones cívicas y soportan todas las cargas como extranjeros. Cualquier tierra extraña es patria suya y cualquier patria es para ellos una tierra extraña. Se casan como todo el mundo, tienen hijos, pero no abandonan a los recién nacidos. Comparten todos la misma mesa, pero no la misma carne.

Están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen a las leyes establecidas y su forma de vivir sobrepuja en perfección a las leyes.

Aman a todos los hombres y todos les persiguen. Se les desprecia y se les condena; se les mata y de este modo ellos consiguen su vida. Son pobres y enriquecen a un gran número. Les falta de todo y les sobran todas las cosas. Se les desprecia y en ese desprecio ellos encuentran su gloria. Se les calumnia y así son justificados. Se les insulta y ellos bendicen…

En una palabra, lo que el alma es en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma se extiende por todos los miembros del cuerpo como los cristianos por las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero sin ser del cuerpo, lo mismo que los cristianos habitan en el mundo, pero sin ser del mundo… El alma se hace mejor mortificándose por el hambre y la sed: perseguidos los cristianos, se multiplican cada vez más de día en día. Tan noble es el puesto que Dios les ha asignado, que no les está permitido desertar de él[7].

Pero la más conocida entre las defensas de los cristianos es sin duda la Apologética en la que Tertuliano de Cartago despliega todos sus talentos y todo su ardor de abogado hacia el año 197.

Todos los apologistas afirman la injusticia de las acusaciones contra los cristianos, de los juicios y condenaciones durante las persecuciones. Van desmontando una a una todas las quejas que hay contra ellos.

Nada secreto entre nosotros

“Podemos describir todas nuestras celebraciones”, proclaman. Esto nos ha permitido conocer los principales ritos cristianos del siglo II bajo la pluma de Justino y el funcionamiento de una comunidad bajo la de Tertuliano[8]. Nos acusáis de que nos ocultamos como ratas, pero estamos presentes por todas partes. Tenemos las mismas actividades que vosotros, los mismos alimentos y los mismos vestidos. Lo único que rechazamos es acudir a los templos y asistir a los espectáculos del anfiteatro.

“Sois vosotros los que tenéis costumbres nefastas”

La sociedad romana practica el infanticidio y el aborto, dos cosas que tienen prohibidas los cristianos. Sois también vosotros los que exaltáis la sexualidad, los que contáis las hazañas amorosas de los dioses, los que toleráis el intercambio je esposas. A su vez, Tertuliano cae en ciertas exageraciones de intolerancia que no podían valerle las simpatías de los notables romanos.

“El cristianismo es una doctrina conforme con la razón”

Vinculando la doctrina cristiana al Antiguo Testamento, los apologistas piensan que pueden mostrar la anterioridad del cristianismo frente a filosofía griega. Moisés vivió antes de los pensadores griegos que no hicieron más que copiarle. ¡Diálogo de sordos! Celso afirmaba que Moisés había copiado a los egipcios. A los apologistas se les ocurre a veces defender el cristianismo atacando a la religión pagana con poca psicología. Los dioses paganos son demonios inmorales. «Nosotros somos ateos de vuestros falsos dioses», afirma Justino.

“Los cristianos son buenos ciudadanos”[9]

En los primeros siglos, el Estado se presenta a los cristianos como una realidad ambigua. La corriente del Apocalipsis de Juan y de sus comentaristas ve en el Estado romano a Babilonia o a la Bestia, ya que es un estado idólatra y persigue a los cristianos; está destinado a la aniquilación como el coloso de pies de barro. También es cierto que algunos cristianos que esperaban el retorno inminente de Cristo (la parusía) se desinteresaban de los asuntos de este mundo. Pero, siguiendo a Rom. 13, 1-7 y a 1Pe. 2, 13, los apologistas no cesan de proclamar su lealtad al Estado: “no consideramos al emperador como divino, pero le obedecemos y rezamos por él. Somos los primeros en pagar los impuestos”.

La presencia de los cristianos en la administración y en el ejército

Tertuliano, en su Apologética, afirma que hay cristianos por todas partes, incluso en el ejército. Unos años más tarde, en su tratado sobre La corona de los soldados, piensa que un cristiano no puede ser soldado. Se puede explicar este punto de vista negativo por el paso de Tertuliano a la secta de los montanistas, unos exaltados que predicaban una separación radical del mundo, cuyo fin estaba ya próximo. Pero hay igualmente otros textos del mismo período que muestran una profunda reticencia frente a la presencia de los cristianos en el ejército y en las funciones públicas. Lo prueban algunas exigencias que se imponían a los candidatos para el bautismo, tal como lo expresa Hipólito, sacerdote de Roma a comienzos del siglo II; quien, en la Tradición apostólica, propone algunos modelos de oración litúrgica e indica las condiciones requeridas para el bautismo, los ministerios, etc.:

“El que sea sacerdote de los ídolos o guardián de los ídolos tendrá que cesar en su oficio o será rechazado. El soldado subalterno no matará a nadie. Si recibe la orden de hacerlo, no la ejecutará y no prestará juramento. Si se niega, será rechazado. El que tiene el poder de la espada o el magistrado de una ciudad, que lleve la púrpura, cesará en su oficio o será rechazado. El catecúmeno o el fiel que quieran hacerse soldados serán rechazados, porque han despreciado a Dios”.[10]

Las reticencias de la Tradición apostólica se explican por dos razones. Las actividades del magistrado y del soldado pueden estar en contradicción con el evangelio, ya que el uno y el otro se verán más pronto o más tarde obligados a participar en ceremonias religiosas idolátricas y a ejercer la violencia: el magistrado pronunciando sentencias de muerte y el soldado matando en el combate. Por eso se les exige a los que tienen el poder de la espada que renuncien a sus funciones. Para el soldado, la situación es más compleja. Se le puede exigir a un cristiano que no se aliste en el ejército, ya que éste sólo está compuesto de voluntarios; pero el que ya se ha alistado, generalmente para veinte años, no puede abandonar el ejército. Entonces la disciplina eclesiástica le exigirá que adelante se negara a matar y a prestar juramento, ya que este último acto se comparaba con la idolatría. ¿Resultaba esto fácil?

Como el servicio militar no era obligatorio, los cristianos podían librarse de él sin que se les pudiera reprochar nada. Mientras fueran pocos en número, la cosa no tenía consecuencias. Pero cuando aumentó el número de cristianos empezó a constituir un problema la defensa de las fronteras, todo se complicó. Es lo que les reprocha Celso. Con la paz de la iglesia (313), cayeron las reticencias cristianas al desaparecer el peligro de idolatría; sin embargo, siguió en pie la desconfianza, ya que se exigió una purificación al soldado que hubiera derramado sangre.

Enseguida citamos a Tertuliano sobre este respecto:

“¿Se le permitirá al cristiano llevar la espada en la mano, cuando el Señor declaro que todo el que se sirva de la espada perecerá por la espada? ¿Irá a combatir el hijo de la paz que ni siquiera tiene licencia para discutir? ¿Infligirá a los demás el castigo de las cadenas, de la cárcel, de la tortura o del suplicio, aquel que no puede vengarse de sus propias injurias?… ¿Hará guardia ante los templos que ha renunciado? ¿Cenará en los lugares que prohibió el apóstol? ¿Defenderá por la noche a los que hizo huir de día con sus exorcismos, apoyándose en la lanza con que fue traspasado el costado de Jesucristo? ¿Llevará el estandarte rival de Cristo?…[11]

“Somos de ayer y ya hemos llenado la tierra y todo lo que es vuestro: las ciudades, las islas, las plazas fuertes, los municipios, las aldeas, los mismos campos, las decurias, los palacios, el senado, el foro; ¡tan sólo os hemos dejado los templos!

“…Ha llegado el momento de exponer yo mismo las ocupaciones de la “facción cristiana”, para que, después de haber probado que no tiene nada de malo, os demuestro que son buenas, revelándoos así toda la verdad. Somos un solo “cuerpo” por el sentimiento de una misma creencia, por la unidad de la disciplina, por el vínculo de una misma esperanza. Formamos una agrupación y un batallón para asediar a Dios con nuestras plegarias, cerrando filas ante él. Esta violencia le agrada a Dios. Rezamos también por los emperadores, los ministros y por las autoridades, por la situación presente del siglo, por la paz del mundo, por el retraso del fin del mundo.

“…Pero es sobre todo esta práctica de la caridad la que, a los ojos de muchos, nos imprime un carácter vergonzoso. “Mirad, se dicen, cómo se aman los unos a los otros”, porque ellos se detestan entre sí; “mirad, dicen, cómo están dispuestos a morir unos por otros”, porque ellos están dispuestos más bien a matarse entre sí. En cuanto al nombre de “hermanos” con el que se nos designa, me parece a mí que no andan muy desacertados cuando nos lo aplican, a no ser porque entre ellos todos los nombres de parentesco sólo se dan por un afecto simulado. Pues bien, nosotros somos incluso hermanos vuestros, por el derecho de la naturaleza, nuestra madre común; la verdad es que vosotros no tenéis nada de hombres, ya que sois malos hermanos. Pero con cuanta más razón se llaman hermanos y se consideran hermanos los que reconocen como padre a un mismo Dios. Los que se sacian en el mismo espíritu de santidad y los que salidos del mismo seno de la ignorancia, han visto brillar asombrados la misma luz de la verdad.

“…Vivimos con vosotros, tenemos el mismo alimento, el mismo vestido, el mismo género de vida que vosotros; estamos sometidos a las mismas necesidades de la existencia. No somos brahmanes fakires de la India que vivan en los bosques o anden desterrados de la vida… Acudimos a vuestro foro, a vuestro mercado, a vuestros baños, a vuestras tiendas, a vuestras posadas, a vuestros almacenes, a vuestras ferias y demás lugares de comercio. Vivimos en este mundo con vosotros. Con vosotros navegamos, con vosotros servimos como soldados, trabajamos la tierra, negociamos…[12]

Video: https://www.youtube.com/watch?v=sXDqaZeEWss&list=LLdw-GUFYnsCPx9SUBDy1s7w


[1] Murcio Félix, Octavius, IX, 6.

[2] Texto citado en P. de Labriolle, La réaction païenne, París 1934, p. 103.

[3] Porfirio (234?‑305?), semita helenizado, natural de Tiro, fue discípulo de Plotino. Filósofo de gran elevación moral, Porfirio se interesaba por las ciencias ocultas. Escribió un tratado Contra los cristianos, donde acusa las incoherencias de los evangelios y el carácter absurdo de los dogmas cristianos, sobre todo los de la encarnación y la resurrección.

[4] Celso, La palabra de verdad, en una obra de Orígenes, del siglo III, Contra Celso, es donde se nos han conservado numerosos extractos del escrito de Celso.

[5] Texto citado por P. de Labriolle, op. cit., p. 260ss.

[6] Este escrito dirigido a Diogneto parece haber sido compuesto en Alejandría por el año 200. El autor de él hace una vibrante apología del cristianismo ante un destinatario pagano. Se especula que el destinatario era el emperador Adriano.

[7] Anónimo, A Diogneto.

[8] Tertuliano (155?‑222?), natural de Cártago, puso su talento de abogado al servicio de los cristianos cuyo coraje motivó su conversión. Su obra, la más importante de la literatura cristiana latina después de la de san Agustín, es ante todo polémica.

[9] Ap. 17-18.

[10] Hipólito, La tradición apostólica (texto que data de comienzos del siglo III).

[11] Tertuliano, La corona de los soldados (hacia el año 210).

[12] Tertuliano,  Apologética, 37, 39 y 42.

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