HISTORIA DE LA FILOSOFÍA PATRÍSTICA Y MEDIEVAL

Dr. Ricardo Marcelino Rivas García

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Programa del curso (Universidad Pontificia de México)

 Introducción: Sobre la idea de Edad Media

a) El origen de la expresión «Edad Media»: El uso y su aparente comodidad han consagrado la expresión «Edad Media» para designar el período de mil años, poco más o menos, comprendido entre la caída del Imperio romano y el Renacimiento, considerando a éste como el antecedente inmediato o como el principio de la Edad Moderna.

Juan Andrea dei Bussi, obispo de Aleria, emplea por vez primera la expresión «media tempestas» en su edición de Apuleyo (1469). En 1518, el humanista suizo Joaquín de Watt (Vadianus) califica a Walafrido Strabón de «mediae aetatis auctor non ignobilis». Cristóbal Keller (Cellarius, 1634-1707) extendió esa expresión a la historia universal, dividiéndola en «antiqua» (hasta Constantino), «medii aevi» (hasta la caída de Constantinopla) y «nova» (desde esa época hasta sus días). Voltaire la emplea de pasada, y se consolida en los románticos de principios del siglo XIX, que intentaron la primera rehabilitación de esa época, sin preocuparse demasiado por marcar exactamente sus límites.

Pero, cuando tratamos de precisar su concepto y sus límites cronológicos, tropezamos con dificultades tan serias, que por lo menos nos hacen poner en tela de juicio su exactitud y hasta su legitimidad. En cualquier aspecto histórico, de orden político, cultural, artístico, a que queramos aplicarla, nos encontramos con que tiene un sentido tan vago, tan huidizo y tan inexpresivo, que es sumamente difícil señalar con exactitud los términos -a quo y ad quem- entre los cuales podemos intercalarla. No es fácil marcar cuándo termina la Edad Antigua, ni cuándo empieza y cuándo termina la Media, ni, por lo tanto, cuándo comienza la Moderna.

Desde luego es absolutamente inadecuada para aplicar tal división a a la historia universal, puesto que el desarrollo de los distintos pueblos y culturas no ha seguido una línea paralela y homogénea. Pero, aun restringida a la historia europea occidental, es sumamente difícil señalar fechas concretas en que se verifique el tránsito de la cultura antigua al nuevo mundo que se origina después de las invasiones de los bárbaros. Prueba de ello es que en cada nación los historiadores señalan fechas distintas, cuyas oscilaciones abarcan casi mil años. Y si queremos coordinarlas entre sí, resulta que lo que para unas naciones es fin, para otras es principio; y lo que para unas es medio, para otras es principio o fin.

b) Límites cronológicos de la Edad Media: En conformidad con sus distintos criterios, los historiadores han señalado como fin de la Edad Antigua, y por lo tanto como principio de la Media, las fechas de 313 (promulgación del edicto de Milán), de 410 (entrada de Alarico en Roma), de 476 (fin oficial del Imperio romano de Occidente). En concreto, para España, otros se fijan en 711, en que los árabes invaden la Península. Tampoco faltan quienes retrasan el principio de la Edad Media hasta el año 800, con la coronación de Carlomagno como emperador de Occidente. Algunos franceses señalan la fecha de 732, con la batalla de Poitiers.

Parecida discrepancia hallamos cuando se trata de señalar una fecha para su terminación. Unos se fijan en 1303 (muerte de Bonifacio VIII). Otros, en 1443 (invención de la imprenta); otros, en 1453 (toma de Constantinopla por los turcos); otros, en 1492 (descubrimiento de América); otros, en 1517 (principio de la revolución protestante). No faltan historiadores alemanes que, para su país, la prolongan hasta Federico el Grande (1740).

Tampoco hay unanimidad entre los historiadores eclesiásticos. Además de las fechas señaladas, unos se fijan en 604 (muerte de San Gregorio Magno); otros, en 680 (concilio Constantinopolitano), en 692 (sínodo quinisexto), en 726 (comienzo de la herejía iconoclasta) o en 754 (muerte de San Bonifacio).

Como principio de la escolástica suele señalarse la fecha de 778, en que Carlomagno dirige sus capitulares a los obispos y abades de su reino, exhortándoles a erigir escuelas para la formación de los eclesiásticos. Pero, aunque el renacimiento carolingio pueda ser considerado como el preludio de la escolástica, habrá que esperar un par de siglos hasta ver definirse una orientación clara de pensamiento. En este sentido, Juan Escoto Eriúgena habría sido el primer filósofo escolástico, si es que no se prefiere considerar como tal a San Anselmo.

Como término de la Edad Media en filosofía, algunos autores señalan la muerte del cardenal Nicolás de Cusa (1464), haciéndola coincidir con el principio del Renacimiento. Claramente se ve que se trata de una fecha convencional y que no marca ningún hecho decisivo para la orientación del pensamiento.

ORÍGENES DEL PENSAMIENTO CRISTIANO

1. FE EN DIOS Y FILOSOFÍA

Cuando el cristianismo fue ganando terreno en la cultura occidental, se suscitaron sospechas y hostilidades en la gente del pueblo y en las autoridades civiles y religiosas. Cuando el cristianismo se consolida, sus mensajeros quieren enfrentarse a gente culta: escritores paganos. Por ello tenían que refutar los ataques que les hacían. El cristiano se tenía que defender fundamentando con argumentos convincentes. Por ello tuvieron que utilizar la argumentación filosófica de su tiempo. También por esto encontramos elementos filosóficos en las reflexiones de los primeros padres, para defender la fe y otorgarle inteligibilidad.

El pensamiento cristiano originario surge con bases del judaísmo y matices grecorromanos. El cristianismo da un giro en la historia de la filosofía porque converge con las cuestiones fundamentales de la filosofía. El contenido que ofrece el cristianismo responde a las interrogantes más profundas del ser humano. Entonces se produce un cambio en la actitud del ser humano frente a la realidad: el cristianismo ve el mundo, a Dios, a sí mismo, de manera diferente respecto al pagano, y esto influye en el desarrollo ulterior de la filosofía. El cristianismo, en su origen, se encuentra en abierta oposición respecto a la filosofía y a las demás religiones. Posteriormente se formalizará sumensaje y doctrina mediante el lenguaje y categorías helénicas.

Tiene una rígida fe monoteísta, cuya base de esto se encuentra en la Revelación Divina. Diverge además por: Dios trascendente. El Creacionismo. El Antropocentrismo. Dios Legislador y la ley como mandato divino. Dios inmanente. La Providencia personal. El eros griego, el ágape cristiano y la gracia. La Revolución de los valores provocada por el cristianismo. La inmortalidad del alma en los griegos y la resurrección de los muertos en los cristianos. El nuevo sentido de la historia y de la vida del hombre.

Los cristianos empiezan a fundamentar su acto de fe; frente a este reto tomaron dos actitudes, una de diálogo y una de condena, una positiva y una negativa. Ambas actitudes servirán de estímulo para el desarrolo de la reflexión y del ejercicio racional en los primeros siglos de la cultura occidental.

2. PENSAMIENTO CRISTIANO Y REFLEXIÓN FILOSÓFICA

Actitudes de los cristianos frente a la reflexión filosófica griega:

  • San Pablo toma una actitud negativa: “protéjanse contra la sabiduría del mundo… frente a su fuerza seductora”.
  • Tertuliano (el primer escritor latino) asume también una actitud negativa: “los filósofos son los patriarcas de los herejes”.

Por otro lado, encontramos quien piensa que el cristianismo es compatible con la filosofía porque de hecho es una filosofía, pero filosofía en cuanto forma de vida, por lo que debe cumplir las expectativas humanas:

  • Justino el Mártir afirma que la única filosofía saludable es el cristianismo.
  • San Juan Crisóstomo asegura que el auténtico filósofo es el monje.
  • San Pablo, en Hch. 17, 22-23, al argumentar sobre Dios, toma el siguiente dato de la filosofía griega: “Dios no está lejos de nosotros, pues en Él nos vivimos, nos movemos y somos”.

En el esfuerzo por sobreponerse a las herejías los cristianos usan la crítica a la actitud estoica del politeísmo. En la Escuela de Alejandría se da pie a encontrar puntos de convergencia entre el AT y la filosofía griega: de allí surge Clemente de Alejandría, quien dice: “toda filosofía fue un camino preparatorio de los griegos para el encuentro con Jesucristo”.

 3. ¿FILOSOFÍA CRISTIANA?

Taciano utiliza la expresión «filosofía cristiana» en contraposición al pensamiento pagano. Además este término lo encontramos en Clemente de Alejandría y en San Agustín. Esta expresión manifiesta, en los primeros siglos, contraste, oposición entre sabiduría pagana y sabiduría cristiana. Esta oposición tiene como fin subrayar la superioridad de la sabiduría Cristiana a la pagana porque la fuente de esta sabiduría es Dios mismo, revelado en la escritura y por el Hijo.

Si la filosofía es amor a la sabiduría, por tanto la filosofía por excelencia será la filosofía cristiana porque el amor a la sabiduría debe llevarnos a conocer la verdad misma y ésta no se halla en el paganismo sino en el cristianismo.

En la Edad Media encontramos la expresión en Escoto Eurígena, quien la llama filosofía católica, subrayando la subordinación de la filosofía griega, que no tiene ningún valor por sí sola, a la doctrina revelada. En el Renacimiento quienes utilizan esta frase son Erasmo de Rotterdam, Crisóstomo Javelli y Francisco Suárez (el último escolástico). Desde el siglo XVII aparece con más frecuencia en las obras del cristianismo. Para el siglo XIX todos los restauradores y defensores de la escolástica emplean tal expresión.

En los años 30 del siglo pasado surge el problema de la «filosofía Cristiana» denotando adversarios y partidarios al uso y contenido de dicha expresión. Adolf von Harnack negó la posibilidad de una filosofía cristiana porque los términos se oponen y se excluyen mutuamente: el cristianismo procede de la fe, la filosofía se apoya en la razón. No habiendo una razón cristiana tampoco puede haber una filosofía cristiana. Sin embargo aunque filosofía y cristianismo son dos cosas específicamente distintas por razón de sus objetos y motivos formales, pueden coincidir parcialmente en su objeto material (cristianismo no es filosofía sino una religión revelada que se apoya en la fe y en la autoridad divina, no obstante, esto no impide que haya un conjunto de verdades de orden natural, materialmente comunes a la filosofía y al cristianismo, que son conocidas y aceptadas por los filósofos y por los cristianos, si bien por motivos formales distintos.

EL PENSAMIENTO PATRÍSTICO

 Entendemos por «Pensamiento Patrístico» el conjunto de proposiciones filosóficas – más bien teológicas- que se atribuyen a los padres de la Iglesia, esto es, a un grupo de escritores insignes dentro del cristianismo, pertenecientes normalmente a la jerarquía eclesiástica, a quienes se les concede este título de distinción por su vida y sus escritos, y que ejercieron sus enseñanzas durante los primeros siglos de la historia de la Iglesia cristiana. De esta época, que en principio abarca desde finales del s. I hasta mediados del s. VIII, se exceptúan los escritos canónicos, o libros que constituyen los libros sagrados del Antiguo y del Nuevo Testamento, aunque se incluyen los escritos de los padres apostólicos y de los apologistas. El término «patrística» corresponde, por tanto, al conjunto de estos escritores eclesiásticos, preferentemente ortodoxos, mientras que el de «patrología» se refiere al estudio de estos mismos escritos; de ellos se supone, según la tesis que mantienen los defensores de una filosofía cristiana, que contienen enunciados filosóficos propiamente dichos, aunque de origen y contenido cristiano. Transcurrida esta época, a los escritores eclesiásticos, incluidos los de mayor renombre, se les llama simplemente «doctores de la Iglesia».

División

La palabra patrología fue introducida en 1653 por el luterano Juan Gerhard y adoptada después corrientemente para designar la parte de la literatura cristiana que estudia la vida y las obras de los llamados Padres de la Iglesia y escritores eclesiásticos. Actualmente se reconocen como notas características de los Santos Padres las siguientes: antigüedad, santidad de vida, doctrina ortodoxa y aprobación, expresa o implícita, de la Iglesia

El desarrollo de la patrística abarca tres periodos:

 1) Desde los orígenes hasta el concilio de Nicea (325); donde encontramos: a) Padres Apostólicos, (s. I y comienzos del II): aquellos escritores que alcanzan la generación de los apóstoles, y cuyos escritos no pasaron al canon bíblico y no necesariamente son posteriores a los escritos canónicos. Destacan como principales Clemente de Roma, Ignacio de Antioquía y Policarpo de Esmirna. Es dudosa la adscripción de la Didakhé a esta época. b) Padres Apologistas, (s. II y comienzos del III): entregados a la defensa (apología) y justificación del cristianismo contra los ataques de filósofos paganos, entre los que destaca Celso, iniciando de esta manera no sólo un contacto con la cultura y filosofía griega ambientales, y luego un diálogo, sino también un ejercicio de razonamiento sobre cuestiones religiosas. Entre los apologistas que escriben en griego, son célebres Cuadrato, Justino, Taciano, Atenágoras, el Pseudo-Justino, Teófilo de Antioquía y Hermias. Y entre los que escriben en latín, Minucio Félix y Tertuliano. c) Primeras escuelas cristianas: Didaskaleíon (o más conocida como Escuela Catequética) en Alejandría.

 2) Apogeo: Desde el concilio de Nicea hasta el de Calcedonia (451) o hasta San León Magno († 461). Los Padres de la Iglesia: llevan a cabo sus enseñanzas en contacto relativamente íntimo con la cultura y la filosofía griegas, de modo que transmiten su pensamiento en términos y categorías propios de la filosofía de su época (el «platonismo medio»). Se distingue entre padres de oriente y padres de occidente, que se diferencian, no sólo por la distinta lengua empleada (el griego ya acostumbrado a la especulación filosófica y teológica, y el latín con poca tradición filosófica y ninguna teológica), sino también por cierta actitud que puede describirse en general, para los padres griegos, como más abierta a la filosofía y al discurso racional, y más apegada a la peculiaridad y ortodoxia religiosa entre los padres latinos. Tertuliano expresa con rotundidad esta postura con su conocida frase: «Creo porque es absurdo».

 3. Decadencia: en Oriente, hasta San Juan Damasceno († 749). En Occidente, hasta San Gregorio Magno († 604) o hasta San Isidoro († 636).

 

En oriente se distingue entre los Padres dos tendencias teológicas: la escuela de Alejandría y la escuela de Antioquía. En Alejandría destacan san Atanasio, Dídimo el Ciego, y los padres capadocios: Basilio de Cesarea, Gregorio de Nysa y Gregorio Nacianceno. Con esta escuela se relaciona también Orígenes. El influjo neoplatónico es claro en los escritos de estos padres de la Iglesia. En Antioquía, más influida por el aristotelismo, son importantes Diódoro de Tarso, Teodoro de Mopsuestia, san Juan Crisóstomo, Teodoreto de Ciro, etc. El siglo de oro, no obstante, de la patrística se extiende desde san Atanasio († 373) hasta el concilio de Calcedonia (451). A partir del s. VI disminuye la cantidad de escritores, pero algunos son todavía importantes como el Pseudo-Dionisio Areopagita, un anónimo escritor hacia el 500, Máximo Confesor, Sofronio de Jerusalén o Juan Damasceno, el llamado último gran padre de oriente.

En Occidente, a partir del s. III, con un marcado acento apologético y tendencias rigoristas, son importantes los nombres de Tertuliano, san Cipriano, san Hipólito, Novaciano, Lactancio, etc., si bien los más representativos son: san Ambrosio (340-397), san Jerónimo (342-420), autor de la versión de la Biblia llamada Vulgata, san Agustín (354-430) y el papa san León Magno (390-461). Otros escritores eclesiásticos notables fueron: Hilario de Poitiers, Paulino de Nola, Rufino de Aquilea y, ya iniciada la caída del imperio romano, san Gregorio Magno, Boecio, el filósofo de mayor importancia en este tiempo, Casiodoro senador, Cesáreo de Tours y Gregorio de Arlés. En el ámbito de la iglesia española, son de notar san Dámaso Papa, de probable origen español, Paciano de Barcelona, Gregorio de Elvira, Aurelio Prudencio y Pablo Orosio. En la iglesia visigótica del s. VI, que iniciaba su apogeo, son importantes san Martín de Braga, san Leandro de Sevilla, san Braulio de Zaragoza, san Quirico de Barcelona, san Ildefonso de Toledo y, sobre todo, san Isidoro de Sevilla († 636), símbolo del siglo de oro de la iglesia visigótica, autor de las Etimologías y último gran padre de occidente.

Los padres al tomar elementos filosóficos para defender el Cristianismo no distinguen entre filosofía y religión; filosofía y teología forman algo estrechamente ligado. La filosofía auténtica es sinónimo de religión cristiana. Los padres de la iglesia defienden el cristianismo usando, como ya decíamos, categorías del pensamiento griego, pero en un segundo momento se ven obligados a sistematizar la doctrina cristiana, usando el lenguaje de su tiempo, que estaba impregnado del pensamiento griego y helenístico.

 I. Filosofía Patrística hasta el año 200 d. C.

 1.1. Padres Apologetas del siglo II (lengua griega)

 Las fuentes de la apología cristiana se encuentran en las apologías judaicas y en la crítica filosófica al politeísmo de su tiempo que criticaba el lenguaje unívoco, las imágenes que cada pueblo se hacía de las deidades; y los mitos, esto lo encontramos en Heráclito, Jenófanes, cínicos, estoicos, epicúreos y escépticos. En la apología judía tenemos como representante a Filón de Alejandría.

Los primeros cristianos se enfrentan, en la defensa del mensaje de Cristo, al paganismo principalmente del pensamiento griego, también el judaísmo en estos primeros tiempos es rival del Cristianismo.

A partir del año 100 de nuestra era, el problema entre Cristianismo y filosofía se pone delicado. El cristianismo invade las clases cultas. Los cristianos defienden su fe frente al poder civil, lo que los lleva directo al martirio. El cristiano culto ya gana cierto prestigio político. Empiezan a defender las convicciones con argumentos apoyados en el diálogo e intercambio; los cristianos formados intelectualmente se orientan por este sendero. Tratan de refutar las acusaciones y calumnias que les hace el paganismo. Frente a las herejías tienen que defender las bases de su credo. Una de esas herejías se encuentra en el gnosticismo, que veremos más adelante.

Todo lo que hay de bueno, verdadero y válido que encontramos en el pensamiento filosófico ya lo tiene el cristianismo. Los Padres apologetas de lengua griega de este periodo son principalmente: Quadrato, Justino, Taciano, Atenágoras, Melitón, Miltíades, Aristón.

1. El Discurso a Diogneto está considerado dentro del periodo de escritos de los Padres Apostólicos, por su proximidad con los apóstoles o con algún discípulo directo de los apóstoles. Sin embargo, para los fines del curso, y por el contenido apologético del mismo lo incluimos como parte de los Textos Apologéticos.

Citas bíblicas que permiten contextualizar los motivos del documento:

Hch 18, 14.33; 1 Cor 1, 26ss. Hostilidad letrada del paganismo hacia el cristianismo.

Lo cual se refuerza con las siguientes ideas.

  1. Plinio el Joven, hacia el año 111, se ve obligado a plantear al emperador Trajano, el grave problema de los cristianos en Bitinia. Para Plinio el cristianismo es algo inofensivo, pues de sus pesquisas no ha sacado en limpio, sino que se trata de reuniones matinales para cantar himnos a Cristo como a Dios; se trata de una comida en común absolutamente inocua (inocente) y de obligaciones que sus adeptos se imponen de guardar una moral muy pura. Sin embargo, Plinio ve en esa nueva religión una «superstición perversa y excesiva».
  2. Epicteto, hacia el 120, se acuerda alguna vez que hay cristianos en el mundo; lo mismo Galeno y Elio Arístides los aluden también, pero con poco interés y preocupación.
  3. Marco Aurelio: «¡Cuál es el alma que está pronta cuando llega la hora de separarse del cuerpo, y eso o para extinguirse o para derramarse o para perdurar! Mas esta prontitud, proceda de un juicio personal y no de una oposición, como los cristianos, sino que sea razonadamente y con gravedad y, si quieres convencer a los demás, sin ostentación teatral». (Focio, Cod., cxxv). Desdén estoico.

El interlocutor del autor del Discurso es un pagano que se pone a reflexionar sobre el hecho de la religión cristiana y pide explicación sobre lo que en ella hay de nuevo y sorprendente. El cristianismo de la aparición del Discurso a Diogneto, iba poco a poco confrontándose con el mundo pagano y con la religión tradicional grecorromana. Este «Excelentísimo Diogneto» es alguien que se muestra sumamente interesado por conocer a fondo la religión de los cristianos. Puesto que se h sentido impresionado por el desprecio del mundo y de la muerte de que dan pruebas, sin que sigan la idolatría de los helenos ni practiquen las observancias judaicas. ¿Qué Dios es ese a quien sirven estos hombres, que se asumen por ello superiores a la vida y a la muerte? ¿Qué misterioso vínculo los une entre sí para que se amen con el amor con que se aman? Tales son las preguntas que este «Excelentísimo Diogneto» planteaba y que un rethor cristiano responde con suma elocuencia.

¿Quién es el autor de esta carta? En un principio se atribuyó a san Justino por ser éste el primer gran apologista; actualmente se ha descartado esta versión por diferencias de estilo. También hay una diferencia de contenido, no sólo de forma, pues para Justino los dioses del paganismo son verdaderos demonios que pueden habitar en los ídolos a los que se ofrecen los sacrificios paganos; para el autor del discurso, προς Διόγνητον, son objetos absolutamente inanimados, modelados, por obra de artífices humanos, de materia corruptible –madera, piedra, bronce, arcilla- como cualquiera de los utensilios de nuestro uso más vulgar.[1]

Su actitud ante el judaísmo es también absolutamente distinta, porque Justino muestra un profundo respeto y consideración, pues ve en él una sombra, preparación y anuncio de la «buena nueva», mientras que el autor del Discurso equipara al judaísmo al culto de los gentiles, mostrando sarcasmo y violento ataque contra la religión antigua.

La concepción de la economía divina difiere también en san Justino y en Diogneto, pues san Justino considera a la humanidad anterior al cristianismo guiada por el Logos, que le habla no sólo por boca de los profetas inspirados, sino también por medio de los mismos filósofos paganos en sus más conspicuos representantes. Mientras que el anónimo de προς Διόγνητον no ve en esa etapa de la humanidad sino la dolorosa comprobación de la impotencia humana para entrar por sí misma al reino de Dios, y en las opiniones de los filósofos, puros desvaríos y juego de embaucadores.

¿Quién es entonces el autor del Discurso προς Διόγνητον? Investigaciones de comienzos del siglo xx nos han aproximado: El Discurso a Diogneto no es sino la Apología de Cuadrato de la que nos aparecen referencias desde Eusebio de Cesarea, quien alude a Cuadrato como el primer apologista cristiano, al presentar al mismísimo emperador Adriano una Apología  de la religión cristiana.

En Dg. hay una laguna entre los párrafos 6 y 7 del cap. VII, en que cabría de modo excelente el fragmento de la Apología no de manera que se obtenga un texto seguido sino en cuanto la materia del fragmento contiene el asunto del que debía tratarse en la parte perdida de Dg. VII, 7.

¿Quién es este Cuadrato? Eusebio de Cesarea le llama «discípulo de los apóstoles», a la par de Clemente romano, Policarpo y Papías. Era un obispo misionero que renunció a su posición política y a sus posesiones económicas. Eusebio hace notar que después de que el emperador Adriano pasó en Atenas el invierno de 125-126 y se inició allí en los misterios de Eleusis, «Cuadrato, oyente de los apóstoles, y Arístides el filósofo, entregaron a Adriano sendas Apologías de la fe cristiana». En esta época, amén de que Atenas ya era una comunidad cristiana, el obispo Publio fue martirizado, lo que significaba la dispersión de la comunidad cristiana, por lo que fue enviado Cuadrato, celosos misionero a reintegrar esa comunidad asolada por la persecución religiosa. Lo que hace concluir que el autor es este discípulo de los apóstoles. Pero leamos el contenido del Discurso, según  la versión de Ruíz Bueno[2]:

DISCURSO A DIOGNETO

Apología de Cuadrato, siglo II (h. 125-126)

EXORDIO.

I. Pues veo, Excelentísimo Diogneto, tu extraordinario interés por conocer la religión de los cristianos y que muy puntual y cuidadosamente has preguntado sobre ella: primero, qué Dios es ése en que confían y qué género de culto le tributan para que así desdeñen todos ellos el mundo y desprecien la muerte, sin que, por una parte, crean en los dioses que los griegos tienen por tales y, por otra, no observen tampoco la superstición de los judíos; y luego qué amor es ése que se tienen unos a otros; y por qué, finalmente, apareció justamente ahora y no antes en el mundo esta nueva raza, o nuevo género de vida; no puedo menos de alabarte por este empeño tuyo, a par que suplico a Dios, que es quien nos concede lo mismo el hablar que el oír, que a mí me conceda hablar de manera que mi discurso redunde en provecho tuyo, y a ti el oír de modo que no tenga por qué entristecerse el que te dirigió su palabra.

REFUTACIÓN DE LA IDOLATRÍA.

II. ¡Ea, pues! Limpiándote que te hayas a ti mismo de todos los prejuicios que tienen asida (de antemano tu mente; despojado de la vulgar costumbre que te engaña, y convertido, como de raíz, en un hombre nuevo, como quien va a escuchar, según tu misma confesión, una doctrina nueva; mira no sólo con los ojos, sino también con tu inteligencia, de que substancia o de qué forma son los que vosotros decís dioses y por tales tenéis. 2. ¿No es así que uno es una piedra, como cualquiera de las que pisamos con nuestros pies; otro, un pedazo de bronce, no de mejor calidad que el que sirve para labrar los utensilios para nuestro uso; otro, un leño que, por añadidura, está ya podrido; otro, plata que necesita de un hombre que la custodie para que no la roben; otro, hierro tomado de orín; otro, finalmente, un pedazo de arcilla, no más preciosa que la empleada en los cacharros de nuestro más bajo servicio? 3. ¿No está todo eso fabricado de materia corruptible? ¿No se labra todo a poder de hierro y fuego? ¿No fue el escultor quien modeló a unos, el herrero y el platero a otros y el alfarero a los demás? ¿No es cierto que antes de ser moldeados por estos artífices en la forma que ahora tienen, cada uno de ellos era, ‘lo mismo que ahora, transformable en otro? Y los utensilios de la misma materia que ahora vemos, ¿No pudieran convertirse en dioses como esos, si los trabajaran los mismos artífices? 4. Y al revés, esos que vosotros adoráis ahora, ¿no pudieran pasar, por mano de hombres, a ser cacharros semejantes a los demás? ¿Es que todo eso no son cosas sordas, cosas todas ciegas, todas inanimadas, todas insensibles, inmóviles todas? ¿No se pudren todas? ¿No se destruyen todas? 5. Y a esas cosas dais nombre de dioses, a esas cosas servís, a esas cosas adoráis y a ellas termináis por laceros semejantes.

6. Y luego aborrecéis a los cristianos porque no creen en semejantes dioses. 7. Pero ¿No los despreciáis mucho más vosotros, justamente cuando pensáis darles culto y creer en ellos? ¿Acaso no os burláis vosotros más de ellos y los cubrís de baldón en el hecho de que a los de piedra y arcilla les dais culto sin que tenga que custodiarlos nadie, pero a los de plata y oro los encerráis durante la noche y les ponéis guarda durante el día para que no los roben? 8. Pues digamos de las honras que creéis tributarles. A la verdad, si vuestros dioses tienen sentido, más bien los castigáis con ellas; y si son insensibles, con vuestras ofrendas de sangre y grasas no hacéis sino ponerlos de manifiesto. 9. Pruebe, si no, alguno de vosotros a soportar nada de eso; aguante nadie que se le hagan tales ofrendas. Naturalmente, no habrá hombre en el mundo. que soporte de buena gana semejante tormento, pues el hombre tiene sentido y razón; la piedra, en cambio, lo soporta todo, porque es insensible.

10. En conclusión, mucho más pudiera decir sobre la razón que tienen los cristianos de no someterse a la servidumbre de tales dioses; mas si lo dicho no le pareciere a alguno suficiente, tengo por tiempo perdido el seguir diciendo nada más.

REFUTACIÓN DEL JUDAÍSMO.

III. Después de esto, creo que tienes particular deseo de saber por qué los cristianos no practican la misma forma de culto a Dios que los judíos. 2. Ahora bien, los judíos, en cuanto se apartan de la sobredicha idolatría y dan culto a un solo Dios y soberano Dueño del universo, tienen absolutamente razón; mas en el hecho de tributarle a Dios ese culto de modo semejante a los antedichos, se equivocan de medio a medio. 3. Porque si los griegos dan pruebas de insensatez al ofrecer sus sacrificios a ídolos insensibles y sordos, éstos, que piensan ofrecérselos a Dios como si tuviera necesidad de ellos, más bien hay que decir que practican una necedad que una religión o culto a Dios. 4. Porque aquel Dios que hizo el cielo y la tierra y cuanto en ella se contiene, y que a todos nos suministra lo que necesitamos, de nada absolutamente puede estar Él mismo necesitado, cuando es Él quien procura las cosas a los mismos que se imaginan ofrecérselas. 5. Ahora bien, los judíos, que creen ofrecerle sacrificios de sangre y grasa y holocaustos y que con estos honores le enaltecen, paréceme a mí que en nada se diferencian de los que tributan esas mismas honras a ídolos sordos. Los unos se los tributan a quienes ninguna parte pueden tener en tales honores; los otros se imaginan dar algo a quien de nada tiene necesidad.

INANIDAD DE LAS OBSERVANCIAS JUDAICAS.

IV. Por lo demás, no creo que tengas necesidad de que te informe yo sobre su escrúpulo respecto a las comidas, su superstición acerca de los sábados, su orgullo de la circuncisión, su simulación en ayunos y novilunios, cosas todas ridículas e indignas de consideración alguna. 2. Porque ¿Cómo no tener por impío que las cosas creadas por Dios para uso de los hombres, unas se acepten como bien creadas y otras se rechacen como inútiles y superfluas? 3. ¿Y cómo no tachar de sacrílego calumniar a Dios, imaginando que nos prohíbe hacer bien alguno en día de sábado? 4. Pues ya, que se blasone de la mutilación de la carne como de signo de elección y creerse por ello particularmente amados de Dios, ¿Quién no ve ser pura ridiculez? 5. Y el estar en perpetuo acecho de los astros y de la luna para sus observaciones de meses y días y distribuir las disposiciones de Dios y los cambios de las estaciones conforme a sus propios impulsos, unas para fiestas y otras para duelos, ¿Quién no lo tendrá antes por prueba de insensatez que de religión?

6. Así, pues, creo que lo dicho basta para que hayas comprendido con cuánta razón los cristianos se apartan no, sólo de la común vanidad y engaño, sino también de las complicadas observancias y tufos de los judíos. Ahora, por lo que al misterio de su propia religión atañe, no esperes que lo vas a entender de hombre alguno.

PARADOJAS CRISTIANAS.

V. Los cristianos, en efecto, no se distinguen (de los demás hombres ni por su tierra ni por su habla ni por sus costumbres. 2. Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. 3. A la verdad, esta doctrina no ha sido por ellos inventada gracias al talento y especulación de hombres curiosos, ni profesan, como otros hacen, una enseñanza humana; 4, sino que, habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres (de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión (de todos, sorprendente. 5. Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. 6. Se casan como todos; como todos engendran hijos, pero no exponen los que les nacen. 7. Ponen mesa común, pero no lecho. 8. Están en la carne, pero no viven según la carne. 9. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. 10. Obedecen a las leyes establecidas; pero con su vida sobrepasan las leyes. 11. A todos anean y por todos son perseguidos. 12. Se los desconoce y se los condena. Se los mata y en ello se les da la vida. 13. Son pobres y enriquecen a muchos. Carecen de todo y abundan en todo. 14. Son deshonrados y en las mismas deshonras son glorificados. Se los maldice y se los declara justos. 15. Los vituperan y ellos bendicen. Se los injuria y ellos clan honra. 16. Hacen bien y se los castiga como malhechores; castigados de muerte, se alegran como si se les diera la vida. 17. Por los judíos se los combate congo a extranjeros; por los griegos son perseguidos y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben decir el motivo (de su odio.

LOS CRISTIANOS, ALMA DEL MUNDO.

VI. Más, para decirlo brevemente, lo que es el alea en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. 2. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y cristianos hay por todas las ciudades del inundo. 3. Habita el alma en el cuerpo, pero no procede del cuerpo: así los cristianos habitan en el mundo, pero no son del mundo. 4. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; así los cristianos son conocidos como quienes viven en el mundo, pero su religión sigue siendo invisible. 5. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido agravio alguno de ella, porque no le deja gozar de los placeres; a los cristianos los aborrece el mundo, sin haber recibido agravio de ellos, porque renuncian a los placeres. 6. El alma ama a la carne y a los miembros que la aborrecen, y los cristianos aman también a los que los odian. 7. El alma está encerrada en el cuerpo, pero ella es la que mantiene unido al cuerpo; así los cristianos están detenidos en el mundo, como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. 8. El alma inmortal habita en una tienda mortal; así los cristianos viven de paso en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción en los cielos. 9. El alma, maltratada en comidas y bebidas, se mejora; lo mismo los cristianos, castigados de muerte cada día, se multiplican más y más. 10. Tal el puesto que Dios les señaló y no les es lícito desertar de el.

ORIGEN DIVINO DEL CRISTIANISMO.

VII. Porque no es, como dije, invención humana ésta que a ellos fue transmitida, ni tuvieran por digno de ser tan cuidadosamente observado un pensamiento mortal, ni se les ha confiado la administración de misterios terrenos. 2. No, sino Aquel que es verdaderamente omnipotente, creador del universo y Dios invisible, Él mismo hizo bajar de los cielos su Verdad y su Palabra santa e incomprensible y la aposentó en los hombres y sólidamente la asentó en sus corazones. Y eso, no mandándoles a los hombres, como alguien pudiera imaginar, alguno de sus servidores, o a un ángel, o príncipe alguno de los que gobiernan las cosas terrestres, o alguno de los que tienen encomendadas las administraciones de los cielos, sino al mismo Artífice y Creador del universo, Aquel por quien creó los cielos, por quien encerró al mar en sus propias lindes; Aquel cuyo misterio guardan fielmente todos los elementos; de cuya mano recibió el sol las medidas que ha de guardar en sus carreras del día; a quien obedece la luna cuando le manda lucir durante la noche; a quien obedecen también las estrellas que forman el séquito de la luna en su carrera; Aquel, en fin, por quien todo fue ordenado y definido y sometido: los cielos y cuanto en cielos se contiene; la tierra y cuanto en la tierra existe; el mar y cuanto en el mar se encierra; el fuego, el aire, el abismo, lo que está en lo alto, lo que está en lo profundo, lo que está entremedio: ¡A Éste les envió! 3. Pues ya, ¿acaso, como alguien pudiera pensar, le envió para ejercer una tiranía o infundirnos terror y espanto? 4. ¡De ninguna manera! Envióle en clemencia y mansedumbre, como un rey envió a su hijo-rey; como a Dios nos le envió, como hombre a los hombres le envió, para salvarnos le envió; para persuadir, no para violentar, pues en Dios no se da la violencia. 5. Le envió para llamar, no para castigar; le envió, en fin, para amar, no para juzgar. 6. Le mandará, sí, un día, como juez, y ¿quién resistirá entonces su presencia?

 

(Fragmento de Cuadrato, p. 885.)

LOS MÁRTIRES, TESTIGOS DE LA DIVINIDAD DEL CRISTIANISMO.

7. ¿No ves cómo son arrojados a las fieras, para obligarlos a renegar de su Señor, y no son vencidos?

8. ¿No ves cómo, cuanto más se los castiga de muerte, más se multiplican otros? 9. Eso no tiene visos de obra de hombre; eso pertenece al poder (de Dios: eso son pruebas de su presencia.

LA MANIFESTACIÓN DE DIOS  POR LA ENCARNACIÓN.

VIII. Porque ¿Quién, en absoluto, de entre los hombres, supo jamás qué cosa sea Dios antes de que Él mismo viniera:> 2. ¿O es que vas a aceptar los vanos y estúpidos discursos (de los filósofos, gente, por cierto, digna (de toda fe’? 1) De los cuales unos afirmaron que Dios era fuego (¡a donde tienen ellos que ir, a eso llaman Dios!); otros, que agua; otros, otro cualquiera de los elementos creados por el mismo Dios. 3. Y no hay duda que, si alguna de estas proposiciones fuera aceptable, de cada una de las demás criaturas pudiera, con la misma razón, afirmarse que es Dios. 4. Más todo eso no pasa de monstruosidades y desvarío de hechiceros; 5, Y lo cierto es que ningún hombre vio ni conoció a Dios, sino que fue Él mismo quien se manifestó. 6. Ahora bien, se manifestó por la fe, única a quien se le concede ver a Dios.

7. Y, en efecto, aquel Dios, que es Dueño soberano y Artífice del universo, el que creó todas las cosas y las distinguió según su orden, no sólo se mostró benigno con el hombre, sino también longánime. 8. A la verdad, Él siempre fue tal y lo sigue siendo y lo será, a saber: clemente y bueno y manso y veraz; es más: sólo Él es bueno. 9. Y habiendo concebido un grande e inefable ‘designio, lo comunicó sólo con su Hijo.

10. Ahora bien, en tanto mantenía en secreto y se guardaba su sabio consejo, parecía que no se cuidaba y que nada se le importaba de nosotros; 11, Más cuando nos lo reveló por medio de su Hijo amado y nos manifestó lo que tenía aparejado desde el principio, todo nos lo dio juntamente; no sólo tener parte en su beneficio, sino ver y entender cosas cuales nadie de nosotros hubiera jamás esperado.

LA ECONOMÍA DIVINA.

IX. Así, pues, cuando Dios lo tuvo todo dispuesto en Sí mismo juntamente con su Hijo, hasta el tiempo próximamente pasado, nos permitió, a nuestro talante, que nos dejáramos llevar de nuestros desordenados impulsos, arrastrados por placeres y concupiscencias. Y no es en absoluto que Él se complaciera en nuestros pecados, sino que los soportaba. Ni es tampoco que Dios aprobara aquel tiempo de iniquidad, sino que estaba preparando el tiempo actual de justicia, a fin de que, convictos en aquel tiempo por nuestras propias obras de ser indignos de la vida, fuéramos hechos ahora dignos de ella por la clemencia de Dios; y habiendo hecho patente que por nuestras propias fuerzas era imposible que entráramos en el reino de Dios, se nos otorgue ahora el entrar por la virtud de Dios. 2. Y cuando nuestra maldad llegó a su colmo y se puso totalmente de manifiesto que la sola paga de ella que podíamos esperar era castigo y muerte, venido que fue el momento que Dios tenía predeterminado para mostrarnos en adelante su clemencia y poder (¡oh, benignidad y amor excesivo de Dios!), no nos aborreció, no nos arrojó de sí, no nos guardó resentimiento alguno; antes bien mostrósenos longánime, nos soportó; Él mismo, por pura misericordia, cargó sobre sí nuestros pecados; Él mismo entregó a su propio Hijo como rescate por nosotros; al Santo por los pecadores, al Inocente por los malvados, al justo por los injustos, al Incorruptible por los corruptibles, al Inmortal por los mortales.

3. Porque ¿Qué otra cosa podría cubrir nuestros pecados sino la justicia suya? 4. ¿En quién otro podíamos ser justificados nosotros, inicuos e impíos, sino en el solo Hijo de Dios?

5. ¡Oh dulce trueque, oh obra insondable, oh beneficios inesperados! ¡Que la iniquidad de muchos quedara oculta en un solo Justo y la justicia de uno solo justificara a muchos inicuos!

6. Así, pues, habiéndonos Dios convencido en el tiempo pasado de la imposibilidad, por parte de nuestra naturaleza, para alcanzar la vida, y habiéndonos mostrado ahora al Salvador que puede salvar aun lo imposible, por ambos lados quiso que tuviéramos fe en su bondad y le miráramos como a nuestro sustentador, padre, maestro, consejero, médico, inteligencia, luz, honor, gloria, fuerza, vida, y no andemos preocupados por el vestido y la comida.

LA CARIDAD, ESENCIA DE LA NUEVA RELIGIÓN.

X. Si deseas alcanzar tú también esa fe, trata, ante todo, (de adquirir conocimiento del Padre. 2. Porque Dios amó a los hombres, por los cuales hizo el mundo, a los que sometió cuanto hay en la tierra, a los que concedió inteligencia y razón, a los solos que permitió mirar hacia arriba para contemplarle a Él, los que plasmó de su propia imagen, a los que envió su Hijo Unigénito, a los que prometió su rejo» en el cielo, que dará a los que le hubieren amado. 3. Ahora, conocido que hayas a Dios Padre, ¿De que alegría piensas que serás colmado? ¿O cómo amarás a quien hasta tal extremo te amó antes a ti? 4. Y en amándole que le ames, te convertirás en imitador de su bondad. Y no te maravilles de que el hombre pueda venir a ser imitador de Dios. Queriéndolo Dios, el hombre puede. 5. Porque no está la felicidad en dominar tiránicamente sobre nuestro prójimo, ni en querer estar por encima de los más débiles, ni en enriquecerse y violentar a los necesitados. No es ahí donde puede nadie imitar a Dios, sino que todo eso es ajeno a su magnificencia. 6. El que toma sobre sí la carga de su prójimo; el que está pronto a hacer bien a su inferior en aquello justamente en que el es superior; el que, suministrando a los necesitados lo mismo que él recibió de Dios, se convierte en Dios de los que reciben de su mano, ése es el verdadero imitador de Dios.

7. Entonces, aun morando en la tierra, contemplarás a Dios cómo-tiene su imperio en el cielo; entonces empezarás a hablar los misterios de Dios; entonces amarás y admirarás a los que son castigados de muerte por no querer negar a Dios; entonces condenarás el engaño y extravío del mundo, cuando conozcas la verdadera vida del cielo, cuando desprecies ésta que aquí parece muerte, cuando tenias la que es de verdad muerte, que está reservada para los condenados al fuego eterno, fuego que ha de atormentar hasta el fin a los que fueren arrojados a el. 8. Cuando este fuego conozcas, admirarás y tendrás por bienhadados a los que, por autor de la justicia, soportan estotro fuego de un momento.

EPÍLOGO.

XI. No hablo de cosas peregrinas ni voy a búsqueda de lo absurdo, sino, discípulo que he sido de los Apóstoles, me convierto en maestro de las naciones: yo no hago sino transmitir lo que me ha sido entregado a quienes se han hecho discípulos dignos de la verdad. 2. Porque ¿quién que haya sido rectamente enseñado y engendrado por el Verbo amable, no busca saber con claridad lo que fue por el mismo Verbo manifiestamente mostrado a sus discípulos? A ellos se lo manifestó, a su aparición, el Verbo, hablándoles con libertad. Incomprendido por los incrédulos, Él conversaba con sus discípulos, los cuales, reconocidos por Él como fieles, conocieron los misterios del Padre. 3. Por eso justamente Dios envió al Verbo, para que se manifestara al mundo; Verbo que, despreciado por el pueblo, predicado por los Apóstoles, fue creído por los gentiles. 4. Él, que es desde el principio, que apareció nuevo y fue hallado viejo y que nace siempre nuevo en los corazones de los santos. 5. PI, que es siempre, que es hoy reconocido como Hijo, por quien la Iglesia se enriquece, y la gracia, desplegada, se multiplica en los santos: gracia que procura la inteligencia, manifiesta los misterios, anuncia los tiempos, se regocija en los creyentes, se reparte a los que buscan, a los que no infringen las reglas de la fe ni traspasan los limites de los Padres. 6. Luego se canta el temor de la ley, se reconoce la gracia de los profetas, se asienta la fe (de los Evangelios, se guarda la tradición de los Apóstoles y la gracia de la Iglesia salta de júbilo. 7. Si no contristas esta gracia, conocerás lo que el Verbo habla por medio de quienes quiere y cuando quiere. 8. en efecto, cuantas cosas fuimos movidos a explicaros con celo por voluntad del Verbo que nos las inspira, os las comunicamos por amor de las mismas cosas que nos han sido reveladas.

XII. Si con empeño las atendiereis y escuchareis, sabréis qué de bienes procura Dios a quienes lealmente le aman, como que se convierten en un paraíso de deleites, pro-luciendo en sí mismos un árbol fértil y frondoso, adornados ellos de toda variedad de frutos. 2. Porque en este lugar fue plantado el árbol de la ciencia y el árbol de la vida; pero no es la ciencia la que mata, sino la desobediencia mata. 3. En efecto, no sin misterio está escrito que Dios plantó en el principio el árbol de la ciencia y el árbol de la vida en medio del paraíso, dándonos a entender la vida por medio de la ciencia; mas, por no haber usado de ella de manera pura los primeros hombres, quedaron desnudos por seducción de la serpiente. 4. Porque no hay vida sin ciencia, ni ciencia segura sin vida verdadera; de ahí que los dos árboles fueron plantados uno cerca de otro. 5. Comprendiendo el Apóstol este sentido y reprendiendo la ciencia que se ejercita sin el mandamiento de la verdad en orden a la vida, dice: La ciencia hincha, mas la caridad edifica. 6. Porque el que piensa saber algo sin la ciencia verdadera y atestiguada por la vida, nada sabe, sino que es seducido por la serpiente por no haber amado la vida. Más el que con temor ha alcanzado la ciencia y busca además la vida, ése planta en esperanza y aguarda el fruto. 7. Sea para ti la ciencia corazón; la vida, empero, el Verbo verdadero comprendido. 8. Si su árbol llevas y produces en abundancia su fruto, cosecharás siempre lo que ante Dios es deseable, fruto que la serpiente no toca y al que no se mezcla engaño; ni Eva es corrompida, sino que es creída virgen; 9. La salvación es mostrada, y los Apóstoles se vuelven sabios, y la Pascua del Señor se adelanta, y antorchas se reúnen, y con el mundo se desposa y, a par que instruye a los santos, se regocija el Verbo, por quien el Padre es glorificado.

A Él sea la gloria por los siglos. Amén.


[1] Disc. Diogneto, II. Nota sobre la idolatría en el pensamiento hebreo.

[2] Discurso a Diogneto, (versión española de Daniel Ruíz Bueno), BAC, Madrid 2002, pp. 653-663.

[3] En el prólogo del Evangelio de Juan, se menciona al λογος, identificándolo como a la persona espiritual que estuvo junto a Dios en el principio de la creación. Juan 1:1 dice: «εν αρχη ην ο λογος και ο λογος ην προς τον θεον και θεος ην ο λογος». Muchas interpretaciones han surgido en torno al significado del Logos en este versículo. Algunos lo relacionaron con el Logos de la filosofía griega, dándole un ingrediente cristiano. Los gnósticos se inclinaron más por el primer componente. Los Cristianos apologistas del siglo II, veían en él al Hijo de Dios, pero algunos como Tertuliano, diferenciaban entre el Logos como atributo interno en Dios, y otro el Logos que engendró Dios, que se tornaría en una persona. Otros teólogos lo entendían ontológicamente como “la razón de Dios” e inseparable de él. Los que se oponían a esta visión alegaban que al Logos se le predica sin artículo definido en Griego, y esto indicaría que este Logos era un “segundo Dios” (δευτερος θεος), pero no el Dios Todopoderoso, El Dios (ο θεος), que lleva artículo definido. El Logos es interpretado como aquello que existía antes que Dios (con mayúscula, porque es el nombre propio). La palabra admite más de treinta acepciones, no obstante y según San Agustín antes de la existencia de Dios no existía el tiempo, lo que convierte a la Razón en la energía del Universo, antes que el tiempo, de lo cuál también se podría deducir que el tiempo es consecuencia de la razón.

[4] El encratismo consiste en una rigurosa abstinencia sexual, no admiten ningunas nupcias, pretendían acabar con la raza humana, a la que consideraban hija del pecado, que les privó de su condición gloriosa. Buscaban desvincularse de la carne y eran rigurosos en el campo de la alimentación, absteniéndose de comer carne y de beber vino, sustituyendo este por agua en las eucaristías. Taciano carga las tintas sobre el pecado de Adán del cual dice que se condenó. Se debe volver a la situación anterior a Adán. El pecado de Adán es imperdonable, por Cristo podemos llegar al perdón, pero Adán no puede ser perdonado.

[5] Cf., Ruíz Bueno, Introducción a la «Legación a favor de los cristianos», en Padres Apostólicos y apologistas griegos (siglo II), BAC, Madrid 2002, pp. 1329-1346.

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